Por Geneviève Patte

No olvidemos que la infancia es corta y que es conveniente vivirla bien, a su propio ritmo. Sería una lástima tan sólo ocuparla en los sentidos de la palabra: llenar su tiempo e invadir su vida interior, como se invade un país conquistado.
En el mejor de los casos, un niño, incluso cuando es buen lector, entre los 5 y los 15 no podrá leer más que un limitado de libros. Sin hablar del placer de la relectura, que es particularmente común en los niños. Es raro que un álbum que despierta el gusto de los niños sea leído una sola vez, y los niños que dominan la lectura no dudan en leer y releer algunas novelas, un placer que los adultos se dan muy rara vez. Todos los que han estado en contacto con niños y libros han recibido la petición de leer por enésima vez
El ogro de Zeralda, en el cual un ogro es seducido por la excelente comida preparada por la niña a la que se disponía a devorar y luego se convierte en buen esposo y buen padre de familia; o también la historia de
Dónde viven los monstruos en la que un niño castigado se escapa al país de los monstruos y se convierte en su rey antes de regresar tranquilamente a comerse su cena en su cuarto. Los padres que cuentan historias a la hora de ir a la cama saben muy bien qué tanto los niños gustan de escuchar y volver a escuchar la misma historia con las mismas palabras.
La capacidad de lectura de un niño requiere, por lo tanto, que se le proponga una buena selección literaria y que se le ayude a orientarse. Realmente sería una lástima que ignore esos libros tan buenos para no ser leídos, porque nadie habrá tenido la idea de dárselos a conocer. Son libros que vale la pena descubrir en ciertos momentos y que nunca tendrán el mismo sabor si se leen o demasiado pronto o demasiado tarde. Es cierto que los libros para niños extraordinariamente enriquecedores también se descubren con un intenso placer en la edad adulta, pero la experiencia de conocerlos siendo niño es irremplazable. Pueden ser determinantes para orientar un interés, una imaginación, una sensibilidad. Michael Butor evoca de manera más general "esas lecturas que dejan huella, como se dice, y que por muy enterradas que puedan quedar más adelante, son imborrables."
Geneviève Patte,
Los niños y las bibliotecas, México, FCE, 2008.